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NATURALEZA |
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En este extremos de la playa se puede tomar la carretera que sube a Tereñes, a escasos kilómetros al Oeste de la villa. Sus acantilados, muy frecuentados por pescadores, son fácilmente accesibles durante la bajamar. Aquí encontramos algunos de los mejores ejemplares de huellas tridáctilas. |
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Su climatología presenta los mismos rasgos que todos los concejos marítimos de la región, caracterizándose por tener unas condiciones benignas en todo el territorio, con unas temperaturas suaves y templadas, y un porcentaje de humedad bastante alto. Así, la temperatura media anual se sitúa en torno a los 16ºC, siendo predominantes los vientos de dirección norte, presentándose con una mayor frecuencia los del nordeste.
Debido al clima suave y húmedo del concejo, y gracias, sobre todo, a las últimas repoblaciones, abundan las coníferas y los eucaliptos, siendo escasa la superficie ocupada en relación con el total. |
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La franja costera es estrecha y de un relieve mucho más suave, formado sobre calizas carboníferas con la única excepción de la parroquia de Berbes. Su línea costera es abrupta a excepción de las playas del concejo (Vega, Santa Marina y La Atalaya). De entre sus playas, destaca por su extraordinaria belleza la playa de Guadamía, en el pueblo de Cuerres. Se trata de una gran ría, rodeada de vegetación, que, en pleamar, asemeja una piscina, pero en bajamar deja un gran espacio de arena.
No obstante el accidente más destacado de la geografía riosellana es el río Sella que divide al concejo en dos mitades formando un estupendo estuario en su desembocadura. Otros ríos importantes son los del Acebo (que desemboca en la playa de Vega), el San Miguel, el San Pedro (un afluente del Sella) y el río Guadamía, que hace de frontera con el concejo vecino de Llanes. |
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Pocas experiencias resultan tan gratificantes. La oportunidad de atravesar la montaña siguiendo el curso subterráneo del río Tinganón es única. La cueva del mismo nombre, con casi un kilómetro de longitud, prolongándose en innumerables recovecos de gran belleza, comunica dos grandes bocas con cúpulas de una altura de impresión. La entrada de la Cueva en la localidad de Llovio, Ribadesella, está precedida de un paisaje exuberante. Ascendemos por un bosque tupido y en nuestro recorrido, poco a poco, van aflorando las formaciones pétreas. En medio de la vegetación, y ya cerca de la cueva, caminamos por una extensión de piedras de tamaño medio, un enorme prao de caliza que habla de la virulencia que pueden alcanzar las aguas del Tinganón en épocas de crecida. Con el paso de los siglos el río ha ido depositando estas piedras fuera de la cueva, en torno a un valle ciego y profundo cargado aún de arboleda.
Más adelante el roquedal se vuelve más agreste y empinado. Son grandes bloques, escalones desproporcionados para alcanzar la inmensa entrada a la cueva del Tinganón en su vertiente Norte. Este acceso escarpado, a modo de cañón, se traduce en nuestro primer esfuerzo digno de mención. Vamos subiendo y ya adivinamos que la aventura promete y que la espectacularidad del Tinganón será una gran recompensa.
A partir de la entrada, atravesar la montaña requiere un mínimo de seguridad y de equipo adecuado, por eso lo más acertado es recurrir a la ayuda de las empresas de aventura de la zona como Montañas del Norte, especializada en esta travesía. Con esta ayuda extra cualquier persona no experta en espeleología puede afrontar este reto y admirar con detenimiento las zonas menos conocidas de la montaña: sus entrañas.
Ataviados con cascos, equipos de carburo, y trajes de neopreno ya estaremos preparados para cruzar al valle de Peme, lugar que alcanzaremos una vez que hayamos atravesado de forma subterránea la Sierra de Escapa.
El recorrido de ida y vuelta dura entra dos y tres horas, y desde el inicio no deja indiferente. Las espectaculares dimensiones de la entrada, las estalactitas y estalagmitas, la frondosidad verde que se cuela hasta la misma cueva… la visión de todo ello hace que ya merezca la pena el primer trayecto de una media hora por la ladera de la montaña.
Desde un primer momento descubrimos también que la cavidad está muy influenciada por el clima exterior debido a sus dos grandes bocas de acceso, como dos ventanas gigantes abiertas de par en par, que provocan corrientes apreciables de aire en muchas zonas del trayecto.
El curso del agua en su interior es otra de las señas de identidad del Tinganón. Aunque el caudal es mucho más considerable en tiempo de lluvias, el agua nos acompaña todo el camino y nos ayudará a refrescarnos del esfuerzo. Muchos de los pasillos estrechos que discurren entre las paredes de la cueva alcanzan una importante profundidad de agua, también veremos cascadas, nos deslizaremos por pequeños toboganes, atravesaremos túneles y descubriremos lagos mínimos en su interior.
En total afrontaremos un desnivel escaso, apenas 65 metros a lo largo de su kilómetro de recorrido. La cueva también desciende en algún punto pero la altura de su techo es casi siempre constante: unos 50 metros de altura. En cuanto a la anchura, desahogada en la mayoría del trayecto, se torna estrecha en puntos concretos, canales que en este caso no superan el metro o los dos metros a lo ancho.
Practicaremos también la escalada en el último tramo, para alcanzar una panorámica sobrecogedora desde la salida al valle. Divisamos un arco de unos 60 metros de altura. Una dimensión similar a la anchura de esta enorme perforación natural en la que comienza a dominar de nuevo la vegetación exterior, colándose por todos los resquicios, en el afán de esta pequeña cordillera por adornar las puertas a sus interiores kársticos.
Salir al exterior precisa de más cuidado, pues el último tramo es angosto y resbaladizo.
De vuelta a casa, la aventura del Tinganón nos reconfortará durante días. Será difícil quitarnos de la cabeza esa agradable sensación de que hemos estado en un sitio inolvidable. |
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La cueva de Tito Bustillo es uno de los grandes santuarios del arte paleolítico de Europa. Forma parte de una red de cavernas conectadas entre sí y pertenecientes a una misma formación caliza en la que se abren otras grutas habitadas temporalmente por el hombre prehistórico. La llamada Galería de los Caballos, en la que abundan las composiciones grabadas sobre la roca, reúne distintas figuras de dicho animal junto con las de algún gran bóvido de los tiempos glaciares (uros o bisontes) y la de un reno. Por la similitud técnica y estilística que ofrecen todas esas representaciones se las puede considerar como contemporáneas.
Por otro lado, resulta que en el panorama mundial no se conoce ninguna densidad de motivos sexuales como los que se concreta en Tito Bustillo y el Macizo de Ardines.
Las representaciones fálicas encontradas son la primera muestra de sexo masculino dentro el arte rupestre conocido. Así lo mantiene el prehistoriador Rodrigo de Balbín, el hombre encargado de dirigir las prospecciones arqueológicas en el entorno de Tito Bustillo. Cuando el equipo de investigación encontraba los esbozos de penes diseñados por el hombre paleolítico en las estalagmitas de la cueva de la Lloseta, ya advertía el catedrático de su extrema singularidad. Es más, el sujeto varón nunca buscó su réplica directa en el arte de la época; si lo hacía era de forma transfigurada y animalizada. Encontrar material sexual referente al varón, y de forma tan explícita, concede a los últimos hallazgos de Ardines una nueva dimensión a nivel mundial. "Realmente hasta le fecha no se tiene constancia ni documentación alguna de una simbología similar, puede que exista, pero nadie la ha encontrado", sostiene el catedrático de prehistoria.
Una estalagmita central sube metro y medio de alta y está pintada en su totalidad con óxido férrico, lo que le confiere un color rojo. La pintura contiene además varias capas de pigmento, creando un grosor que no es el habitual en las muestras pictóricas del paleolítico. Se trata, claramente, de un acto de reforzamiento del motivo sexual, el rojo de por sí añade a la pintura rupestre un valor vitalizante.
La caverna de la Lloseta se encuentra en la parte superior de Tito Bustillo, a la altura de la galería central de los caballos. Ambas cuevas están comunicadas a través de un orificio abierto en el entramado kárstico. La Lloseta, por otro lado, se encuentra a escasos 300 metros del también singular Camarín de las Vulvas, un espacio donde los prehistóricos significaban la fecundidad de la mujer, y una de las escasa muestras sexuales femeninas del arte rupestre conocido por los académicos.
Los últimos hallazgos permiten a los investigadores unir cabos de una manera que multiplica por mucho las teorías sobre la longevidad cultural del paleolítico riosellano. Y es que la antigüedad de las nuevas pinturas, unos 25.000 años, pasando por la constatación del camino intermedio ampliamente reconocido, 10.000 del Magdaleniense, hasta los 7.000 del Aziliense, demuestran que, al menos, el hombre de Cromañón habitó Ribadesella por un dilatadísimo periodo de 18.000 años, sin contar los que se sucedieron después y que confirmarían los 25.000 años al completo que precedieron al nacimiento de Cristo. |
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Habitualmente llamamos túnel a un paso subterráneo abierto de forma artificial. Cuando el túnel se encuentra en la misma carretera, lo normal es encontrarnos una cavidad perfectamente estandarizada, de forma cilíndrica, por la que se hace circular el aire a velocidad conveniente gracias a más artificios. Esta realidad tan cotidiana en las carreteras, tiene su contrapunto en un túnel nada común y muy poco artificial que debemos atravesar con nuestro vehículo si queremos llegar al otro lado. Se trata de la Cuevona de Cuevas del Agua (no confundir con la Cuevona de Ardines, referente rupestre en las inmediaciones de Tito Bustillo), uno de los escasos ejemplos mundiales de cavidades por las que serpentea el asfalto.
La grandiosidad de sus bóvedas, iluminadas para mayor satisfacción de conductor y acompañantes, y los cerca de 300 metros de recorrido conceden una sensación desconocida frente al volante. Es fácil deducir que esta inmensa caverna ha sido desde siempre el único acceso a la aldea de Cuevas del Agua. Un paso que anteriormente discurría por un vial habilitado por los vecinos, y que la modernidad y la urgencia de las comunicaciones, convirtió en el último tramo de una carretera local que muere poco después de atravesar la cueva.
Conserva unas excelentes formaciones calcáreas, y es un campo de experimentación privilegiado para los más pequeños, que acompañados de los guía del Aula de la Naturaleza, ubicada en la aldea, pueden iniciar su primer reconocimiento de un medio a menudo poco accesible. Es fácil así identificar las diferentes zonas de la cueva, aquéllas donde se desarrolla la vida, sea en el límite con la luz, en la oscuridad total, en el medio terrestre o en el acuático. Se catalogan las algas y hongos, líquenes, musgos, helechos, condicionados siempre por la mayor o menor luminosidad. También la fauna cavernícola: los huéspedes ocasionales y los que la habitan permanentemente, con especial hincapié en los murciélagos. Los niños también efectúan mediciones de temperatura, humedad, luz…
El pueblo de Cuevas goza además de una situación privilegiada, su orografía envidiable a orillas del río Sella y al pie de la montaña, unido a su peculiar acceso, la convierten de alguna manera en una auténtica aldea pérdida, donde se conservan como en pocos lugares las señas de identidad de la vida rural. Se trata del pueblo del municipio con mayor número de hórreos. Junto con las cercanas poblaciones de Tresmonte y Xuncu ofrece numerosos elementos etnográficos y muestras de arquitectura tradicional, que los encargados del Aula de la Naturaleza se preocupan de enseñar en toda sus dimensiones. La teoría también se aplica en la Ruta de los molinos, senda que parte del propio pueblo y que resulta especialmente interesante porque permite asistir in situ a una demostración de cómo funcionaban estos ingenios hidráulicos de otra época.
En el Aula de la Naturaleza se estudian también diferentes ecosistemas: el río Sella, que en Cuevas ya se transforma en ría, las montañas que conforman su valle, donde encontramos el bosque autóctono secular de castaños, robles, avellanos, acebos…
La Cuevona es, en suma, el único paso a un paraje no inaccesible, pero si sorprendente, casi secreto, donde la tranquilidad es la misma que siglos atrás, y donde casas y hórreos conviven con el río silencioso, los hombres a caballo, las vacas y gallinas por los caminos, las hortensias y las coles. |
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